LA ESCALINATA

Te saludo y te regalo hoy esta experiencia de mi vida. Bella o no a ti te toca juzgar si te servirá o fue una lectura más. Por favor, recibe un abrazo al corazón.

La emoción embargaba todo mi ser, mi corazón aceleradamente y había yo subido el cuarto escalón del acceso al ático de la casa de mis papás; y desde muy pequeño supe cómo se llamaba el diablo, pues yo tenía prohibido subir a ese lugar y puede más la curiosidad, así que ese día tenía un gran logro y de pronto apareció el diablo todo rojo y mi papá grito detrás de mi: “René, deja en paz a tu primo.”

Escalinatas por las que se asciende o desciende son un opaco reflejo de nuestro vivir, y justo de decir que jugando a las escondidas encontré el lugar perfecto, pero subiendo la escalera movible de madera en el último apoyo resbalé y cayó mí. Y mi papá me dice: “Daniel qué haces debajo de la escalera?”.  Y muy parecido sucedió en el seminario cuando colocaba yo la ambientación de la capilla. Y me dije a mi mismo algo parecido a mi papá.

Claro que es un buen tema, pero no compartiré mis aventuras en la escalinata. Voy al meollo. Desde y hasta en la escalinata del templo de Capultitlán en poco tiempo he vivido  lo inesperado. El agitar de las manos de los niños diciéndome: “padre Daniel”, la agradable sonrisa de quienes se encuentran como conmigo, y algunos necesitamos apoyarnos de algo para subir o bajar. Un día al descender me encontré con la agresividad de una mujer que ni conocía y di a mí mismo mi primera lección de asertividad y empatía ante lo que yo desconocía.

No todas las sombras son fruto de la  luz y menos si la visión es miope y se “miran moros con trinchetes”, como dice el refrán. La escalinata es la evidencia de que no todo tiende a subir o necesariamente tenga que bajar. El domingo de Pascua que compartí en la homilia el origen del título de “nuestro padre Jesús”, las personas al descender los escalones comentaban: “el padre desenterró nuestra historia, tocó nuestro corazón como un buen pastor”.

Qué hermoso es subir al encuentro de Jesús vivo en la Eucaristía y descender peldaño a peldaño lleno de Dios, y así me sucedió cuando un joven, que tenía muchos problemas acompañé en su proceso y un domingo, mientras descendía fue a mi encuentro para traerme hasta su familia y les dijo: “el padre Daniel ha sido para mí como un padre y gracias a él recuperé mi dignidad y a mí familia.”  Y yo dije: “gracias a que dejaste actuar a Dios en tu vida”. Y te lo digo también a ti que me haces favor de leerme, después de todo yo ya sé cómo se llama el demonio y yo subo y bajo por la escalera y ya no es por curiosidad.

 

Sacerdote Daniel Valdez García

El Autor es Profesor en Universidad Autónoma del Estado de México.

Estudió Sacerdote y Especialidad en Bioética en Universidad Autónoma del Estado de México.

Estudió en Seminario Diocesano de Toluca.

@dhanielu

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