El dilema; manufacturas
Por: Francisco Barbosa

En términos de la larga presencia humana en el planeta, ordenada y socializada desde hace 10 mil años, la llamada Era Industrial apenas cubre 240 años de preeminencia: 1776-2016. El resto de la historia económica, por siglos, fue resuelto a partir de la forma de organización primaria de la producción: la Primera Ola de acuerdo a Alvin Toffler, es decir, la agricultura y la ganadería. En el futuro cercano se advierte la irrupción de nuevas formas de organización basadas en tecnologías y servicios digitales: es válido denominarla como la Era Digital.

Lo más complicado de la fase de las manufacturas - Segunda Ola de la producción- es que no termina su ciclo de vida, aún a pesar de sus múltiples evidentes disfuncionalidades. Más aún, es materia de análisis y discursos retrógrados como los que acusan a la competencia internacional como la causa del desempleo y las prácticas desleales.

El mundo occidental fue la cuna de la producción manufacturera en línea. Adam Smith, en el siglo XVIII, analizó de manera brillante como era posible multiplicar la disponibilidad de bienes gracias a la división del trabajo. Bendito invento que revolucionó a la sociedad y facilitó potencializar la fuerza física de los obreros organizados en factorías y con el diestro mando gerencial soportado por audaces y creativos empresarios; la empresa Ford Motor Company es el icono de ese proceso y a la que hoy inexplicablemente se le reclama haber desarrollado cadenas mundiales de producción, y ya no digamos el caso de Coca Cola o Starbucks compañías globales vendedoras exitosas de bebidas negras.

Pero esa evolución engendró también su propia contradicción al favorecer la oferta dinámica de mercancías pero no la capacidad adquisitiva de los consumidores. Es decir, se privilegiaron los premios y beneficios al capital en detrimento del salario. Y con ello, sobrevinieron múltiples crisis que han asolado por décadas a los países capitalistas, y por su efecto expansivo a todos los continentes; desarrollados y no desarrollados.

¿Cómo abordar entonces la disyuntiva? ¿Sucumbir a las deficiencias inherentes del modelo de producción industrial y mantener un esquema entrópico que no permite el orden equilibrado? Ese es el desiderátum que se aborda en miles de textos que abordan en un enorme abanico de conocimiento la búsqueda de la fórmula que permita encontrar la luz al final del túnel.

Por citar los extremos, hoy hay quienes se pronuncian por el mercado como regulador de la función económica en el marco del “dejar hacer y dejar pasar” (laisses faire-laisses passer) y con ello alejar al gobierno de cualquier intento de intervención que distorsione a la mano invisible del orden económico; ese es el campo de los liberales y neoliberales desde el principio del capitalismo decimonónico y reeditado en los años 80´s del siglo veinte.

En el otro extremo, se encuentran los intervencionistas neo-estatistas que asumen que sólo el gobierno tiene la fuerza, visión y capacidad para determinar el rumbo y fijar las prioridades como resultado de un talento innato con el que se autocalifican y en el que se asumen, con inaudita presunción, como guías predestinados.

En el fondo, lo que se debe proponer es una Tercera Vía para no continuar quebrándose la cabeza con escenarios utópicos que engañan y distraen, y a la larga profundizaran las crisis, en una de esas hasta terminales. Es aplicar el sentido común y orientar los esfuerzos a las formulas básicas de la cooperación internacional. Aquella que permitan fortalecer las competencias laborales, los recursos disponibles y racionalizar los patrones de consumo para extraer el mayor valor posible a los escasos recursos con los que la naturaleza nos dotó.

No es restando, sino sumando como será posible vencer la quimera del autoengaño que se muestra demagógicamente en el dogma de “volver a ser fuertes” nunca, ni en los tiempos de los imperios más logrados eso ha sido posible e, irremediablemente, jamás se logrará con el ganar dividiendo. Las ruinas adornaran los balcones de los agoreros del desastre y la destrucción. Al tiempo.


Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Francisco Barbosa
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