El miedo al Feminismo

Israel

Aparece la misoginia y el miedo al feminismo como política de Estado. Nuestros gobernantes olvidan que la revolución pacífica más importante de los últimos tiempos ha sido la lucha por la emancipación de las mujeres. La falta de apoyo, solidaridad y empatía que diariamente se remarca desde el púlpito presidencial, representa un angustiante recordatorio respecto a lo enraizado que se encuentra la cultura del machismo en nuestra vida cotidiana. Sobre todo, en el actual contexto donde se desarrollan grandes movilizaciones sociales plagadas de furia e indignación, porque la violencia y los feminicidios no cesan. Según datos oficiales en México cada hora ocurren 13 delitos de alto impacto contra las mujeres.

En la política ellas sufren una ciudadanía limitada y supeditada. El pacto social sobre el que se construyen los estados y por el que se ejerce la soberanía a través de la voluntad general excluye a más de la mitad de la población. Actualmente, a pesar de la consolidación de los estados democráticos de derecho, las mujeres aún son consideradas receptáculos pasivos de la concesión de los derechos. Los hombres monopolizan las posiciones de poder y liderazgo, y su opinión prevalece sobre la de las mujeres en la adopción de las decisiones. Esta dominación masculina se prolonga al mundo jurídico donde los hombres mantienen derechos ante la ley que las mujeres no poseen.

En la economía campea la desigualdad. Las diferencias salariales, la escasa presencia de mujeres en determinadas industrias, el “techo de cristal” que impide una real equidad entre los géneros, así como el inquietante problema de la conciliación entre la vida laboral y familiar, son solamente algunos indicadores de la desigualdad de ingresos y de acceso a los puestos directivos. Resulta claro que los hombres poseen y controlan más recursos que las mujeres, y a medida que se elevan en la elite de las decisiones económicas su opinión siempre prevalece.

En la cultura sobresale la concepción de que los hombres son los creadores de los productos más valiosos del intelecto humano. El patriarcado relega a las mujeres al proceso natural de la procreación, alejándolas de la búsqueda del conocimiento. En su obra: “El Origen de las Especies”, Charles Darwin, sopesó la evidencia de la inferioridad cultural de las mujeres al afirmar: “si hiciéramos dos listas de hombres y mujeres eminentes de la poesía, la pintura, la escultura, la música, la historia, la ciencia y la filosofía, las dos listas no resistirían la comparación”. Su conclusión –que muchos aún asumen literalmente- era que la diferencia tenía una causa biológica dado que los hombres estaban dotados de forma innata de “un nivel superior de poder mental”.

En la esfera de lo social la disparidad resulta más grave y evidente. Los hombres tienen autoridad directa –sancionada por los usos y costumbres- sobre las mujeres en la familia y el hogar. En este ámbito los hombres recurren frecuentemente a las amenazas y al uso de la violencia para controlarlas e intimidarlas como máxima manifestación de la desigualdad social.

Es necesario hablar de feminismos y no de feminismo, porque existen enormes diferencias de pensamiento. No obstante, la lucha contra las injusticias es una cuestión que debe interpelar a todos sin excepciones. Es necesario ir más allá de la igualdad para construir una sociedad en la quede superada la dicotomía hombre-mujer, imponiendo a los políticos tradicionalistas la idea radical de que las mujeres también son personas.

@isidrohcisneros 

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