El dilema – 86

Los últimos ejercicios demotécnicos realizados por reconocidas firmas encuestadoras de México, coinciden en que la popularidad del Presidentes López Obrador se encuentra en un inusitado porcentaje superior a los ochentas por ciento.

No hay números similares para otros presidentes de México registradas para el mismo periodo (sesenta días de gobierno), y tampoco se tiene memoria de que en otros lares se dé una situación semejante, lejos al contrario, se observan bajas de popularidad tan pronto se asume el poder. La población espera mejoras inmediatas que no son fáciles atender en el corto plazo.

El número es más relevante si se asume que desde el propio día de la elección, el primero de julio de 2018, López Obrador empezó a comportarse como un presidente virtual, al eclipsarse el mediocre y nefasto gobierno de Enrique Peña y de su partido, el PRI, envuelto en las más vergonzosas imágenes de ineptitud, corrupción e impunidad.

López Obrador es un animal político de largo colmillo, se sabe todo de casi todo en materia electoral, y en el arte de seducir masas con más razón. Mañas y buenas costumbres, más de las primeras, que le han permitido armar una inteligente y desconcertadora estrategia de posicionamiento.

Su discurso se centra en el ataque a la corrupción que tiene enfadados a todos los mexicanos. Décadas de saqueo sin medida que en el último sexenio rebasaron cualquier escenario imaginable, el robo a las arcas nacionales y al bolsillo de todas las clases sociales fueron a parar en una mafia enquistada en el poder político; medraron en todos los capítulos de la contabilidad nacional, aún en los más sensibles como salud, programas sociales, infraestructura, energéticos y educación. El pueblo acompaña solidariamente a López Obrador en sus jornadas anticorrupción, pero suenan más a alharaca que a resultados concretos, el manto del perdón y el borrón y cuenta nueva deslucen sus propósitos.

Renglón aparte es el tema de la inseguridad, los índices de criminalidad alcanzan cifras espeluznantes por lo que cualquier proyecto, por malo y reiterativo que sea, recibe el beneplácito social, pero no se dimensiona cabalmente el riesgo que implica la intención de conceder a los militares el combate a la delincuencia y el peligro que puede representar en el disfrute de las libertades sociales.

La agenda presidencial es caótica, advertíamos en nuestra entrega anterior la pérdida de brújula en sus desconcertantes conferencias “mañaneras”, en donde se abordan todo tipo de temas, los casuales y los trascendentes, en una mezcla de ocurrencias y despropósitos. Se alude a personas a las que sin ninguna prudencia se les adjetiviza de mala manera, se presentan programas sin sustento, sin precisar los cómos, sin asignar responsabilidades puntuales, se acompaña de invitados de piedra que cuando hacen uso de la palabra exhiben desconocimiento y falta de talento, por decir lo menos. Y en el placeo de complemento, en giras interminables, vuelve al tono de campaña, a la arenga fácil y a la promesa incumplible en los hechos.

Con lo anterior se ilustra lo lejano que se observa el estilo de gobernar y la calificación de la gestión real, la que se puede volver negativa si pronto se asume que es sólo de oropel, o cuando los encuestadores complementen su información midiendo la popularidad del equipo de trabajo que se anticipa será muy negativa. Entonces, en el promedio, se podrán emitir mejores juicios que vayan más allá de está forzada y fugaz luna de miel.

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