El dilema – Quién manda

La singular sucesión del poder en México atraviesa por fases inéditas. Desde el ascenso al poder de Vicente Fox (2000), no se presentaba un escenario en donde el “bono democrático” favoreciera con elevados márgenes a quién asumirá el poder en pocos días (1º de diciembre). También, en aquel año, dejaba el poder el PRI que no pudo sortear el rechazo ciudadano que era encabezado por el propio primer Priísta. En efecto, Ernesto Zedillo, en los hechos, fue el causante de la debacle del viejo partido y allanó el camino para que una nueva fuerza política se hiciera del poder.

Dieciocho años más tarde, el escenario es similar, pero con algunos asegunes. Ahora no es el último presidente surgido del PRI quién graciosamente cede el poder; los actos de ineficacia, corrupción e impunidad explican su salida. La ciudadanía no resistió más el descarado saqueo de las arcas nacionales y de manera intempestiva hizo presencia en las urnas para cobrar el agravio.

El (no) gobierno de Peña Nieto se despide con la peor calificación que un sexenio haya registrado en los tiempos modernos. Nunca ejerció el poder a plenitud, excepto para obtener provechos privados en beneficio de los cercanos y compinches del atraco. Por ninguna obra será recordado para bien, lejos de eso, tendrá que lidiar con señalamientos a sus innumerables excesos y, en una de esas, él o algún cercano confrontará la justicia porque es una demanda inexcusable.

Volviendo a Vicente Fox, éste pronto gastó el beneficio de la duda, y en medio de una cascada de frivolidades incurrió, con su pareja presidencial, en los peores despropósitos. Desprestigió la figura presidencial y con un grupúsculo de gerentes de medio pelo armó un desastroso gabinete que no pudo ir más allá de convertirse en una lápida de fracasos aderezados por aquel famoso “…Yo porqué…”

Hoy estamos en espera de la llegada de quién ejercerá el poder por seis años (periodo constitucional), y siguiendo la inteligente perspicacia de Daniel Cosío Villegas, por descubrir un nuevo estilo personal de gobernar. Andrés Manuel López Obrador, no es un desconocido ni un arribista. Buscó la máxima magistratura en tres elecciones, finalmente la conquistó. Sus discursos no son nuevos, a manera de cantaleta tenemos memorizados su fraseología alusiva a “…la mafia del poder, los neoliberales, los innombrables, los chachalacas, los corruptos… y, ahora, hasta la irreverente referencia a la prensa que lo crítica y la que bautizó con el grosero apelativo de “fifís”.

También está fresca la memoria de sus años como Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. En ese periodo enfrentó con virulencia a sus opositores, llámense ciudadanía descontenta por la inseguridad, actos de corrupción de sus allegados, obras de dudosa utilidad y transparencia. No es su mejor carta de presentación.

Pero lo más inquietante es que, en esta etapa de espera que desespera, y la notable ausencia de gobierno, López Obrador ha ocupado el escenario político como virtual presidente (electo) pero no en funciones. Y se ha metido de lleno en definir preferencias, prioridades y arreglos, la mayoría de las veces suscitado controversias e inconformidades.

Van desde las que se refieren a la extraña compactación de la estructura de gobierno – eliminación y creación de dependencias -, desconcentración geográfica sin mayor racionalidad, tabuladores de sueldos que reducen unilateralmente (y probablemente  ilegal) sueldos y prestaciones. Obras que no se licitan y cuya selección suena caprichosa y como cereza del pastel, la cancelación a cualquier costo de la obra icónica del peñismo, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México.

Por si fuera poco, la inestabilidad financiera internacional, las elecciones en Estados Unidos, el complejo discurso anti-inmigrante de consecuencias inciertas y los grupos de poder económico expresando serias reservas respecto a proyectos y formas de actuar, están sumándose para delinear una gestión que puede empezar con el pie equivocado. Tenemos tres semanas para poder monitorear comportamientos y analizar escenarios de desempeño y, por el bien nacional, esperar mesura y claridad en la nueva gestión presidencial y en su, hasta hoy, iluminado guía.

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