El enorme agujero de la capa de ozono, que se crea sobre la Antártida cada mes de septiembre, se encogió este año. Fue el más pequeño registrado desde 1988, según las mediciones que hizo la NASA.

Abarcó 19,7 millones de kilómetros cuadrados de ancho, unas dos veces y media el tamaño de Estados Unidos, frente a la media de 26 millones de kilómetros cuadrados desde 1991.

Pero no se trata de una cura rápida. En parte, la contradicción se debe a unas condiciones climáticas particulares que mitigaron los efectos dañinos. Esta vez, el aire fue más cálido de lo normal en la Antártida y ayudó a que no se crearan nubes polares estratosféricas. Sin ellas, las sustancias químicas, como el cloro y el bromo, no tuvieron soporte para actuar en exceso destruyendo la capa de ozono.

“Las condiciones climáticas sobre la Antártida fueron un poco más débiles y llevaron a temperaturas más cálidas, lo que ralentizó la pérdida de ozono”, expresó Paul A. Newman, jefe científico de las ciencias de la Tierra en el Centro de Vuelo Goddard Space de la NASA.

 

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