Todos aspiramos a alcanzar la felicidad, escurridiza quimera que parece nunca terminar de instalarse en nuestras vidas. De hecho, para muchos es su objetivo de vida. Y a pesar de ser un tema tan importante, son pocos los estudios comparativos al respecto. La ausencia de datos radica, principalmente, en la dificultad para medirla.

Un estudioso de la materia y Premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, encontró (coincidiendo plenamente con lo planteado por Nietzsche siglo y medio antes) que darle sentido a la vida es la mejor forma de alcanzar la felicidad.

Los niveles de felicidad se miden en las sociedades a través de encuestas, que no dejan de ser instrumentos falibles y subjetivos. Para la RAE, es un “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Se suele afirmar que la felicidad viene de adentro de uno mismo, y aunque parezca cliché trillado, es muy acertado: el estado de satisfacción en cada individuo es generado por procesos bioquímicos en su cerebro.

Estas reacciones son temporales. La Naturaleza y la evolución así lo dispusieron por razones de conservación de la especie, ya que los lapsos prolongados de satisfacción nos sitúan en una peligrosa zona de confort, incluido los relacionados con la reproducción.

Los tipos de gobierno, los sistemas económicos y las religiones influyen de manera decisiva en los niveles de felicidad de sus ciudadanos. Regularmente, una competencia económica encarnizada supone un mayor estrés social, que se refleja incluso en las tasas de suicidio, mayores en países desarrollados.

Si hay una sociedad feliz, es la cubana. Aunque se tiene una imagen distinta, basta recorrer sus calles para comprobar que la gente vive contenta. De todo hacen una fiesta, y cantan y bailan sin parar. Viven sin muchos lujos y comodidades, innegable, pero no por ello son infelices.

Las religiones, aun sin quererlo, históricamente han demostrado ser causa de angustia y sufrimiento. Quizá la única que privilegia la felicidad sobre el sacrificio, la adoración y la redención, sea el budismo. Su meta es lograr un estado subliminal de felicidad llamado Nirvana, mediante un proceso de meditación que influye, precisamente, en las reacciones bioquímicas cerebrales.

La felicidad está en nuestra cabeza. Por lo tanto, no es necesario cambiar de país ni de régimen ni de religión para conseguirla. Sólo démosle sentido a nuestra vida, dejemos de lado las enfermizas envidias y meditemos un poco.  Así estaremos más cerca de encontrar

no solo la felicidad, sino la paz interior.

Y si tienes paz, lo tienes todo.

@enriquemym