Cuando era niña, mis papás me compraron una serie de instrumentos musicales miniatura: un tecladito Casio, una guitarra, una marimba, un acordeón y una armónica, de los que recuerdo. El primero fue el indiscutible favorito. No lo soltaba, era beige y tenía varios sonidos bonitos pero sin duda y por alguna extraña razón, el del piano era el que más me gustaba.

Como no conocía las notas ni sus nombres, pintaba colores sobre las teclas para ubicarme y con ellas hice mis primeras melodías. Tenía 5 años de edad. En algún momento más adelante, mis papás me compraron un nuevo teclado un poco más grande, haciéndome olvidar la existencia del otro tecladito que muy seguramente mi mamá habrá tirado, así como desapareció los demás instrumentos que sólo pude recordar cuando era más grande.

Pronto el nuevo Casio sonaba todo el día. Ya tenía como 7 años y comenzó a fluir en mí un impulso por saber más sobre la música. Aunque no podía explicar esto con palabras, mis padres lo entendieron a la perfección pues me contrataron una maestra particular, una pianista rusa que gozaba de gran prestigio en Toluca, no solamente por su habilidad pianística y paciencia como instructora, sino por su llamativa apariencia de tez sumamente blanca, delgado porte y larga cabellera carmesí.

Casi inmediatamente después de las primeras clases, mis papás se sentaron a platicar conmigo de la manera más seria que podía hacerse con un ser entrando a sus 8 primaveras y con la pregunta del millón: “¿te gustaría que te compráramos un piano?”. Sólo recuerdo haber respondido afirmativamente y a la semana siguiente, justo el día de clase con Marina Romanova, mis padres me tenían la gran sorpresa, esa misma tarde llegaría un piano que trajo consigo mi maestra, desde Rusia con amor…

Yo en ese entonces realmente no sabía qué pensar, quizá creí que se trataba de otro teclado, pero cuando lo vi, tan imponente y mucho más grande que yo, sentí un escalofrío en mi menudo cuerpecillo. Por mi mente pasaron muchas cosas y seguramente debo haber pensado literalmente “en qué me estaba metiendo”. No por nada desde pequeña ya traía la vena periodística de estar cuestionando todo a mi alrededor, nunca conforme con las explicaciones de los adultos.

Lo recuerdo como si fuera ayer: Mis padres me enviaron a decirle a Marina que comenzáramos la clase en el Casio mientras esperábamos a que Horacio Rico terminara de afinar el piano, pero ella me respondió con su acento ruso marcadísimo “mejor esperar”, haciéndole el feo a mi tecladito y el que era hasta el momento mi juguete favorito de toda la vida.

Sentí una eternidad de por medio, estaba nerviosa, no sé si feliz pues aún no sabía lo que representaba la nueva adquisición, pero eso sí, tenía miles de mariposas en la panza que salían al escuchar la rápida afinación o ajuste del piano tras el traslado de la casa de Marina a mi hogar. El sonido tan fuerte y vivo me estremecía, nada parecido a lo que había experimentado a mi corta edad.

Por fin salió Horacio a decirnos que ya estaba listo. Mis ansias y curiosidad estaban al tope, pero Marina me dijo que tocaría primero. Se sentó delicadamente y ejecutó con maestría y elegancia por primera vez ante mis ojos la que se convertiría en mi favorita: La Heroica Polonesa de Chopin. Al terminar, mis papás y Horacio le aplaudieron enérgicamente y su reconocimiento ante el indiscutible talento me cautivó sobremanera. Ya había sentido escalofríos en mi columna vertebral al escuchar por primera vez esa canción y el cautivante sonido de mi nuevo piano, pero cuando escuché los aplausos tuve una fuerte impresión, al grado de pensar para mis adentros: “yo quiero tocar así, voy a tocar así…”.

Fue un mar de emociones cuando sentí las teclas por primera vez, pero el más profundo sentimiento fue el de “amor” por lo que estaba haciendo. Recuerdo haberle preguntado a Marina todo sobre la Polonesa y me prometió que algún día me enseñaría a tocarla, pero primero debía aprender muchas cosas, leer partituras y tocar obras más sencillas. No obstante, cada que avanzaba en mis estudios lo hacía pensando en tocar la pieza en La bemol mayor Op 53.

Era tan buena alumna que incluso recuerdo que Marina hablaba conmigo y mis papás de llevarme a tocar a Rusia. Nunca supe qué tan en serio eran estas aseveraciones, pero sí recuerdo haber tenido una serie de presentaciones en diversos lugares de Toluca, como el Aula Magna de Rectoría de la UAEM, o el Auditorio Silvestre Revueltas del Conservatorio de Música, entre otros.

Bajo la tutela de Marina toqué numerosas obras de Beethoven, Mozart, Tchaikovski, Bach, Vivaldi, Liszt, Ravel, incluso canciones de The Beatles para complacer a mi papá. Sin embargo, jamás me enseñó a tocar la Polonesa –y aún destaca en mi lista de pendientes-. Algo sucedió durante esos años. Creo que fue una combinación de la adolescencia y la falta de tacto con la educación musical, por parte de mis padres. Si bien eran melómanos principalmente del rock, no sabían nada de cómo continuar impulsando mi curiosidad y disciplina musical, pues no eran músicos.

En algún momento las clases con Marina cesaron y tras pleitos con mi papá, decidí dejar de tocar mi amado piano para según yo “castigarlo”, sin entender que la castigada era yo misma. Tenía ya alrededor de 13 años y nunca me obligaron a regresar a tocar, respetando mis decisiones pero también sin saber continuar desarrollando un talento musical en ciernes. Pasó el tiempo y esporádicamente me sentaba a interpretar las melodías que había aprendido, las sabía todas de memoria, pero poco a poco las fui olvidando, primero una, luego otra.

Como buena adolescente, llegó un punto en el que me preocupaba más por salir con mis pocos amigos y los novios que por cualquier otra cosa, hasta que me rompieron el corazón de fea forma al cumplir la mayoría de edad. Coincidentemente en esa época y una mudanza en puerta, mi papá me dijo que vendería el piano porque ya no lo tocaba. Defendí firmemente “mi piano”, prometiéndome que jamás lo dejaría atrás, cargándolo hasta la fecha para todos lados en cada mudanza, y en ese momento decidí tomarme en serio la música.

Después de un par de años de estudio autónomo y con Ana Elena Jiménez, otra gran maestra que siempre recuerdo con mucho cariño, contaba ya con la agilidad necesaria de vuelta en mis dedos, por lo que decidí inscribirme en el Conservatorio de Música del Estado de México, donde me reencontré con Marina y donde conocí a mi futuro esposo, decidiendo dejar nuevamente a mi maestra, no por otra razón más que mi inconformidad y desilusión con el sistema educativo del Conservatorio.

Fue con Uzz que emprendí la aventura de la música original, primero con Zuxion, Los Blue Pills y ahora con L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound) –finalmente encontramos “el proyecto”-. Así descubrí nuevos juguetes favoritos: los sintetizadores. Tanto él como yo, después de tomar la decisión de formar una vida juntos, nos prometimos que la música sería el motor de nuestra existencia.

Desde entonces han pasado 10 años en los que hemos luchado y vencido muchos obstáculos, pero siempre con el inamovible compromiso de vivir por la música, nuestra música, y con el mismo sentimiento que tuve cuando escuché por primera vez el sonido del piano emitido por mis manos: amor al arte.

* La autora es tecladista de L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound) y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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