¿El medioambiente puede ser mercantilizado, privatizado o patentado?, ¿la naturaleza debe continuar siendo un instrumento al servicio del ser humano? Estas preguntas surgen del futuro que nos espera después del grave desastre natural que afectó a nuestro país. Hoy está en crisis el mito del progreso ilimitado, el acento puesto en el desarrollo de las fuerzas productivas y las excesivas certezas sobre el alcance de los factores económicos convertidos en unidad de medida del bienestar social. La naturaleza es ciega y, al mismo tiempo, astuta. Posee leyes férreas y los escenarios catastróficos derivan de su violación. La ruptura de los equilibrios naturales proyecta a los desastres como regresiones e involuciones sociales y económicas. Detener el desarrollo es imposible, aquello que quizá sea posible, es dirigirlo y controlarlo.

La democratización mexicana debe atender urgentemente el tema de los Derechos de la Naturaleza. La pérdida y degradación de los recursos y del entorno natural no sólo limitan nuestro potencial de desarrollo, sino que comprometen el bienestar de la población y el destino del país. Debemos reconocer que la huella ecológica de los sectores pudientes de nuestra sociedad, es más profunda que la de los pobres. En las ciudades la pobreza urbana se relaciona con problemas ambientales como la expansión poblacional desordenada, la escasa disponibilidad de agua, la inadecuada gestión de enormes cantidades de residuos sólidos y líquidos, así como la contaminación ambiental. Pero México también registra una enorme dispersión de su población que se encuentra asentada en pequeñas localidades rurales, muchas veces ubicadas en frágiles ecosistemas.

El tema de los derechos de la naturaleza está en la agenda nacional, recordándonos prepotentemente que la democracia no es sólo un sistema electoral, sino un modo de vida en donde ocupa una centralidad relevante la cultura de la civilidad y del respeto por el medioambiente. Los nuevos paradigmas ambientales representan fuertes tendencias orientadas a renovar, y probablemente a superar, al conjunto de sistemas ideales que durante siglos postularon la posibilidad de una “sociedad superior”, armónica, sin clases sociales y basada en la fraternidad universal entre las personas. La crisis del modelo socialista, así como del conjunto de ideologías y programas políticos que lo encarnaron, contribuyó al abandono de la búsqueda de una forma alternativa de organización social. Frente a este declive de la utopía social más grande de nuestra historia, el ambientalismo representa una revolución cultural que implica una profunda transformación de las mentalidades para redescubrir la empatía entre los seres humanos y la naturaleza. El ambientalismo es una tendencia que mira hacia el futuro y su desarrollo no será sobre las viejas teorías de la redención social, sino sobre los derechos de la naturaleza.

Los problemas ecológicos son problemas sociales, porque una naturaleza destruida no puede regenerarse. La naturaleza tiene tanta necesidad de la persona como ésta de la naturaleza. El proyecto político de la modernidad democrática requiere de una nueva utopía representada por un ambientalismo de vanguardia, reformista y constructivo que fortalezca el compromiso ciudadano con su entorno y de un modelo de desarrollo más justo, equitativo y sostenible sobre la base de una gobernanza ambiental participativa.

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