Luego de los tortuosos días que devinieron al tremendo sismo del 19 de septiembre, ya con la adrenalina abajo, de pronto emerge el nerviosismo, la desconfianza, la incertidumbre y todo lo que conlleva el estrés postraumático que la mayoría de los habitantes de la Ciudad de México padecemos en estos momentos, incluso algunos sin saberlo, y hay varios aspectos que conviene analizar y tener presentes.

Por un lado, la “unión”. Sin duda fue emocionante ver cómo cientos de “millenials” se quitaban por un momento la venda que han tenido en sus ojos durante tanto tiempo y que de algún modo ocasionó la mala fama a esta generación, para ayudar, organizarse y liderar ante la emergencia. Se demostró que los jóvenes somos efectivamente el futuro de nuestro país y que en nuestras manos está el cambio que se requiere con tanta desesperación en el presente.

Encontrarse frente a la devastación, el derrumbe de edificios como si se tratara de una presentación gráfica de lo que ocurre políticamente en el país, sabiendo que gente a la que le dabas los buenos días o que ni siquiera conoces se encuentra atrapada o aplastada bajo los escombros en esos momentos de terror, es algo que mueve las fibras más sensibles de nuestro cuerpo para actuar de inmediato e intentar salvar una vida. ¡Gratitud y aplausos para todos aquellos héroes anónimos que han estado presentes para levantar a los caídos!

 

Sinvergüenza y cinismo

Pero, por otro lado, todos vimos el oportunismo de nuestra clase política, que no se cansa de saquearnos, de robar los víveres, medicinas y herramientas que todos nosotros juntamos con nuestro poco dinero para ayudar a desconocidos en desgracia. Videos en redes sociales y “rumores” –como le gusta decir a esta clase política ladrona y corrupta a las cosas que les incomodan- que denunciaban a la esposa del Gobernador de Morelos de ordenar la detención de camiones y autos particulares con víveres destinados a los damnificados, desviándolos a bodegas del DIF para colgarse la medalla de la ayuda.

La misma situación en la delegación Benito Juárez de la Ciudad de México, donde se observaban fotografías de bodegas repletas de despensas, cascos, palas y picos que tanta falta hacían en los centros de acopio y derrumbes, sembrando suspicacia en la sociedad civil y la pregunta obligada de, si este descaro impidió mayor eficacia de las maniobras de búsqueda y rescate.

Los pertenecientes a esa burocracia sinvergüenza, culpable de que muchos edificios se cayeran en la Ciudad de México, son unos criminales y deberían estar en la cárcel.

 

¿Después de la tempestad viene la calma?

No obstante el despertar solidario de los jóvenes, la sociedad en general tiende a olvidar, a curarse con el tiempo y a retomar su rutina. Por supuesto que es necesario sanar y seguir adelante, pero no debemos volver a taparnos los ojos.

Nuestras nuevas generaciones no deben, no pueden vivir con lo que hemos padecido nosotros. México ha sufrido durante muchos años en tragedia, en desgracia. Es muy loable la actitud que vimos de tristeza y preocupación por las 337 vidas que se perdieron en el sismo, las cuales nos pesan y nos duelen, pero esas mismas vidas nos son arrebatadas cada semana a causa de la Guerra contra el Narco que continúa en nuestro país y que ha dejado hasta el momento 200 mil muertes durante los últimos 2 sexenios, según datos oficiales presentados en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

¿De verdad vamos a seguir haciéndonos de la vista gorda ante esta emergencia nacional? ¿Vamos a seguir soportando a esta clase política corrupta, burócrata e impune que nos aplasta constantemente y que permite los asesinatos de mujeres, periodistas y gente inocente?

Hemos sufrido miles de asesinatos cada año, miles de desapariciones forzadas, millones de desplazados por la violencia, Ayotzinapa -que se cumplen justamente 3 años en este septiembre, ¿ya se les olvidó?-; las matanzas de Tanhuato, de Apatzingán, de Tlatlaya… muchas de ellas a manos de los propios militares y policías que tendrían que protegernos y que ahora, con las honrosas excepciones de siempre, utilizaron la tragedia del sismo para intentar limpiar su perversa y manchada imagen.

La protesta y la sanación

Hermanos mexicanos, solidarios siempre ante la emergencia, no olviden que la tragedia no es momentánea, hemos vivido en ella durante años, con consecuencias fatales superadas sólo por la brutal guerra en Siria. ¿Qué hace falta para que estos datos los asombren y los hagan continuar organizados, desafiando a la autoridad con una anarquía sin violencia? ¿Qué se necesita para que los jóvenes rebeldes que faltaron a clases y convocaron a un paro en la UNAM, en el IPN y en otras instituciones, continúen tomando el rumbo de nuestro país en sus manos?

Ya demostramos que la sociedad civil organizada, en su mayoría jóvenes, podemos superar la tempestad. Hagamos que este movimiento de unidad por el sismo se convierta en algo de todos los días, algo que nos haga seguir sintiendo orgullo de ser mexicanos, porque somos gente buena, gente comprometida, gente dadivosa y que lucha por su pueblo. No merecemos seguir siendo saqueados por los ladrones e ineptos que nos mal-gobiernan.

Muchos jóvenes músicos emergentes nos unimos a esta conexión social y espiritual, brindando –no solamente a través de la música sino también a través del esfuerzo- esperanza y sensibilidad que tanta falta hacen a este gran país; sí las hay, pero han permanecido muchos años debajo de la venda que nos ha colocado la hegemonía.

Es por tanto que los artistas somos los que debemos tomar parte en el liderazgo de este movimiento de unificación que se ha dado a lo largo y ancho del país, porque el arte es sincero y no debemos andarnos cuidando de no decir cosas delicadas, al contrario, nuestro trabajo es sensibilizar y mover a quienes nos siguen a través de nuestra música, nuestras letras, nuestra poesía, nuestra pintura y todo aquello que es puro y honesto, para convertirnos en un país a la altura de lo que su gente merece.

 

* La autora es tecladista de L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound) y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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