Como si se tratase de una broma de mal gusto, justo 32 años después del terremoto que colapsó la gran Ciudad de México y en el día escogido para realizar un magno simulacro, luego de un fuerte sismo apenas unas semanas antes, el 7 de septiembre, que devastó zonas de Oaxaca y Chiapas, aconteció un nuevo cataclismo.

El registro marca las 13:14 horas, 10 veces menos intenso que el sismo de 1985, pero se sintió como si la tierra se quebrara desde su interior, como si quisiera sacudirse todo el bullicio de la ciudad.

Estaba en un cuarto piso pero sentía como si fueran 10. De pronto se sintió el jalón, no sonó la alarma, dicen que sonó una vez comenzado el temblor, pero sinceramente no la escuché. Lo que sí percibí fue el crujir de las paredes, el movimiento de la tierra, el ruido como si se tratase de una avalancha. Le grité a Boogie, mi fiel perro Labrador, y bajó más espantado que yo, tomé mi celular y mis llaves. La chapa estaba cerrada, intenté introducir la llave pero el movimiento me sacudió de tal forma que el llavero salió volando. Normalmente suelo ser muy calmada bajo presión, demasiado dirían algunos, pero en el momento en que no pude abrir y mientras escuchaba el rechinar de las paredes, vidrios rotos dentro del departamento, cosas cayendo, puertas azotándose y Boogie llorando y corriendo hacia la habitación sin hacerme el menor caso a pesar de gritarle, fue cuando sentí que el edificio se iba a caer conmigo dentro y me invadió ese sentimiento de “me voy a morir”.

Unas horas antes había participado en el simulacro satisfactoriamente, es decir, escuché la alarma y bajé con Boogie en 40 segundos. Subí muy contenta y pensando que si volvía a ocurrir un temblor, sin problema alguno saldría avante. ¡Ja! Sin embargo, “la vida es lo que pasa mientras haces otros planes”. Como cuando dicen que antes de morir ves tu vida ante tus ojos, en 5 segundos pensé en que ya no iba a volver a ver a mi esposo, pensé en mis papás y en mis hermanos, pensé que ya no podría ver a L.E.D.S (Light Experience & Dynamic Sound) triunfar musicalmente, pensé en que necesitaba tener a Boogie cerca de mí, pensé en que la zona más segura era estar lo más arriba posible por si se caía el edificio… Así que subí con Boogie a la habitación, a final de cuentas somos el departamento más alto, no hay nadie arriba. De pronto, me di cuenta de que el sismo continuaba, yo sentía que había durado una eternidad, así que en mi desesperación, pensé en que en el edificio de mi Uzz se estaría sintiendo peor. ¿Aguantaría su oficina el movimiento? ¿Él estaría asustado? ¿Lo volvería a ver? ¿Moriríamos alguno de los dos?

Tomé a Boogie y a rastras lo llevé nuevamente a la puerta. El movimiento telúrico continuaba, así que con más paciencia, agarré otra vez las llaves y logré finalmente abrir la puerta. Alcanzamos a salir y aún se sentía el ligero movimiento, atenuándose, cuando ya estábamos en la calle. La gente estaba espantada. Había perros ladrando, jóvenes llorando, pedazos de fachadas en el piso, gente en la esquina del Eje 7 alrededor de una carambola…

Intentaba marcar por teléfono pero la línea estaba caída, o saturada. No tenía datos. Pensé que si me conectaba al WiFi podría mandar un WhatsApp. No lograba localizar a Uzz. De pronto me llegó un mensaje de mi mamá, le reporté que estaba bien y ellos también. Me llegó una llamada de mi suegra pero no lograba conectar, trataba de mandar mensajes pero nada, el WiFi era inútil y sólo había servido momentáneamente. Valiéndome todo, subí corriendo nuevamente al departamento, tomé mi bolsa, la correa de Boogie, cerré bien la casa y me dispuse a ir a buscar a Uzz.

Creo que no hay mayor angustia que no saber el paradero de nuestros seres queridos. Ya estaba sobrepuesta de lo que sufrí, pero el no saber de mi esposo me revolvía las entrañas. Sólo pensaba en que a la mejor estaba indefenso, lastimado, desaparecido… De pronto entraron sus mensajes y llamadas, rápidamente nos dijimos que estábamos bien y que nos veíamos en cierto punto. Sentí un gran alivio. Corriendo fui para allá con Boogie y me tardé como 15 minutos en llegar pero sentía que ya llevaba más de media hora. La ciudad en caos total. Intentaba mandar mensajes a mis demás familiares pero la red ya estaba muy mal, unos sí salieron y otros no.

Cuando vi a Uzz, mi cuerpo y mi mente descansaron. Abrazarlo en ese momento fue lo mejor de mi día, quizá de mi vida entera, saber que estaba bien era lo único que me había atormentado. De inmediato me repuse y me dediqué a tratar de llamar a amigos y familia, lo que todos hicimos ese día.

Afortunadamente en donde estábamos nosotros no hubo daños estructurales graves, pero las noticias viajaron rápidamente y supimos de la magnitud de la tragedia, muy cercana a nosotros. Lo que me asombró fue la actitud colaboradora de la sociedad organizada, gracias a las redes sociales, algo que en el 85 no había a pesar de que los ciudadanos demostraron que podían responder mejor que el mismo Gobierno, pero sin duda ahora fue de gran ayuda y lo sigue siendo.

Se mostró la gran capacidad y el gran corazón de artistas de toda índole, la sensibilidad que tanta falta hace. Por supuesto que no podían faltar los idiotas como el tal Juan Cicerol que sinceramente ni siquiera sé quién es, pero con más de 20 mil seguidores en Twitter se le ocurrió publicar “Debería darme tristeza el sismo del DF pero no :D”, así con una carita feliz. O los partidos políticos que se niegan a soltar su presupuesto para la reconstrucción de la ciudad, salvo López Obrador quien inmediatamente fue tachado de “oportunista” por los mismos partidos que después recularon su actitud nefasta. ¿Es en serio su estupidez?

No obstante la mayoría seguimos al pie del cañón, aportando información, brindando ayuda, con lo que podemos, con lo que sabemos. Músicos y medios de comunicación que utilizaron sus redes como fuente para dar a conocer información importante, organizándose para llevar víveres, generando conciencia, como es nuestro papel.

Fotografía: Uziel Garrido.

No cabe duda de que el pueblo mexicano es fuerte, es bueno y es sincero. Sólo falta que suceda una tragedia para demostrarlo. Lo ideal es generar esa conciencia todos los días y por supuesto que el arte y la música, en particular, se encargan de tocar esas fibras sensibles que hoy están ayudando a los que más lo necesitan, sin afán de sacar nada a cambio, más que una sonrisa, esperanza y fe. Todavía falta mucho por hacer, para que México vuelva a estar totalmente en pie, no hay que aflojar el paso, ¡sigamos ayudando!

 

* La autora es tecladista de L.E.D.S. (Light Experience & Dynamic Sound) y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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