Hace 54 años, Martin Luther King pronunció su célebre discurso “I have a dream” para recordar al mundo la necesidad de un futuro en donde todas las personas, sin importar su color de piel, pudiesen convivir armoniosamente y como iguales. Este discurso pronunciado el 28 de agosto de 1963 desde las escalinatas del monumento a Abraham Lincoln en Washington D.C., al culminar la multitudinaria Marcha por el Trabajo y la Libertad, representa uno de los llamados más poderosos y elocuentes acerca de los peligros que implica el racismo. Recordado como padre de los derechos civiles y activista de la no violencia en los Estados Unidos, Luther King sería asesinado poco tiempo después. En el contexto de este aniversario, Donald Trump reaviva la polémica otorgando el indulto presidencial al ex­alguacil de Maricopa, Joe Arpaio, considerado uno de los funcionarios públicos más racistas de los últimos tiempos y acusado de desacato por desafiar la orden de un tribunal que ordenó poner fin a sus redadas contra inmigrantes.

El racismo en los Estados Unidos tiene una larga historia que se remonta a la Guerra de Secesión (1861-1865), que enfrentó a los estados industrializados y abolicionistas del norte, con los estados agrícolas y esclavistas del sur. Las fuerzas de la Unión combatieron contra los recién formados Estados Confederados de América integrados por once estados sureños que proclamaron su independencia. Para evitar el aumento de la polarización dejada por la guerra civil, se toleró el establecimiento de una serie de legislaciones discriminatorias en distintos estados de ese país. La segregación racial se mantuvo con el argumento de que blancos y negros podían convivir “separados pero iguales”, lo que generó para los segundos una realidad de escasas oportunidades de desarrollo económico y social. Esta situación se mantiene hasta nuestros días, a pesar de que en 1964 se promulgó la Ley de Derechos Civiles.

Las sociedades contemporáneas se caracterizan por la presencia de importantes grupos minoritarios que son considerados ciudadanos de segunda, en virtud de un racismo institucional que los coloca en esa situación de inferioridad permanente. Sostenido en la creencia de que las manifestaciones culturales y las acciones históricas de las personas dependen de su raza, y de que existe un grupo superior al que corresponde la función de dominación económica, social y política, el racismo representa una práctica que frecuentemente conduce a la violencia. Actualmente, presenciamos nuevas formas de racismo sin que se hayan eliminado las antiguas, en lugar de disminuir, el racismo está aumentando y estableciéndose como uno de los fenómenos más persistentes de nuestra vida cotidiana.

El estudioso francés Pierre-André Taguieff sostiene que el racismo adopta nuevas modalidades, cambia de rostro y se hace más sofisticado de acuerdo con las circunstancias. Esto, a pesar del formidable desarrollo económico y científico alcanzado, del establecimiento de sistemas democráticos y de la creciente circulación de ideas e información. En México debemos combatir la arrogancia del racismo dado que, no obstante contar con enormes burocracias y recursos para la defensa de los derechos humanos así como para prevenir y erradicar la discriminación, el fenómeno de la exclusión social de las minorías lejos de desaparecer se está incrementando.

 

Twitter: @isidrohcisneros

Página electrónica: agitadoresdeideas.com