Juan Rodríguez Pérez de 39 años de edad, es un campesino promedio del Estado de México, vive en el municipio de Soyaniquilpan, siembra maíz en una milpa pequeña, calculo unos 20 metros, no más. 2 perros, unas gallinas, alcanzo a ver 3, un gallo y 3 cerdos. En su casa viven, él, su esposa, 3 hijos pequeños, 7, 5 y 3 años, y su suegra. Casa de techo con láminas, paredes de “ladrillo”. No hay agua potable, el baño está afuera, es un hoyo al lado del mismo y separado por una cortina-sábana, lo que parece ser una regadera, formada por un balde y una cuerda, mecanismo digno del más puro ingenio mexicano. Piso firme, pero de tierra. 3 catres y lo que se asemeja a dos unidos en una cama matrimonial. “Cuartos”, separados por cortinas, una casa abierta, sin espacio para la privacidad.

Platiqué con él. Mis cuestionamientos y preguntas varias, las respuestas, pocas, desconcertantes, abrumadoras, confusas.

A Juan, no le interesa la política, votar realmente no le interesa. Me confirma que lo hizo, aunque dice no acordarse por quien, pero sí recuerda que estaba buena la despensa. Si por él hubiese sido, no habría acudido a votar. “Primero hay que comer”, me dice de manera absolutamente transparente.

Tampoco sabe ni le interesa la reforma energética, su bicicleta no utiliza gasolina, mucho menos diésel. Le digo que influye sobre el precio del transporte, me revira diciéndome que casi nunca lo utilizan, o va en bici por lo que haga falta o caminan. “Aquí, estamos acostumbrados a caminar.”

Mucho menos sabe quién es el presidente de Estados Unidos, ni que es el TLCAN. Eso sí, le gusta hablar por teléfono, pero su plan, de tarjeta, por cierto, no tiene saldo suficiente para no tener límites. Tienen una televisión pequeña, con una antena más moderna que la de conejo, pero con un fin idéntico, donde alcanzan a sintonizar algunos canales, le emociona agarrar el fútbol, les va a los diablos del Toluca.

Le pregunto por la escuela, me responde que todavía ninguno va. Le digo que el de 7 ya debería de ir a la primaria, me dice que no pasó el examen. Respuesta esperada, él tampoco estudió. Ayudo a su papá como lo hace ahora su hijo a cuidar los animalitos y la milpa.

Le pregunto cómo consigue dinero, me contesta que cuando se necesita, se ocupa como albañil un rato, después sigue dedicado a su milpa y con su familia, su suegra borda unas artesanías, de repente las venden y así consiguen dinerito para lo que se necesita.

Me atrevo a preguntarle que cómo siente la inseguridad. Me dice que si veo algo que le puedan robar. No le preocupa en absoluto. Responde que los que andan en eso, es porque, “quieren más de lo que Dios les dio y na’ más se meten en problemas.”

Me deja absorto, para mis estándares y expectativas, Juan vive en el siglo XVII, pero refleja una sencillez y una tranquilidad que ya quisiera yo para un domingo.

Lo único que necesita son unas tablas para su corral, alimento para sus animalitos, semillas más resistentes, principalmente para cuando hace más frío y otra bicicleta para su hijo.

Con tanta exigencia social, querido lector, uno se pone a pensar cuantas y cuantas cosas tan triviales nos preocupan y ocupan, y como hay personas que viven realidades paralelas en dónde se hacen presentes los dichos que nos recuerdan que, “Rico no es aquel que lo tiene todo, sino aquel, que necesita menos para ser feliz”.

Sin embargo, estas personas también necesitan políticas públicas particulares, específicas, no que los metan a nuestra realidad, sino que sabedores de la suya, puedan tener acceso a una mejor calidad de vida.

Ahora le pregunto yo a usted, bajo estas premisas: ¿Qué significaría, mejor calidad de vida?

 

*El autor es Licenciado en Relaciones Internacionales. Actualmente se desempeña como Secretario Técnico de la Secretaría de Salud del Estado de México.

 

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