Hoy el miedo está posicionado con una connotación negativa vinculada con la infelicidad, lo vemos como una emoción que hay que evitar a toda costa, en lugar de trabajar y vencer.

El miedo, ha estado presente en la humanidad desde la antigüedad y me parece sumamente interesante ahondar un poco más en su función real en la sociedad. Es un mecanismo preventivo ante ciertas situaciones de peligro, pero ¿En qué momento el miedo se convierte en un mecanismo adaptado a otro tipo de situaciones que no son peligrosas como tal?, un ejemplo clásico de esto, el amor.

Cuando hablamos de dualidades y opuestos complementarios (ying-yang) siempre insisto en que lo opuesto al miedo no es el odio como no los han hecho creer, si no el miedo. Este nos hace cancelar la apertura y nos crea una falsa percepción de limitaciones.

Desde el primer contacto que tenemos con la educación en nuestras casas, se nos infunde el miedo como un régimen para actuar, los padres castigan a sus hijos sin siquiera explicar por qué y dejan así un espacio de ambigüedad sobre la ética y los valores, condenándolos así desde pequeños a vivir en automático, a actuar por instrucción y sin necesidad de analizar sus acciones.

Así continúa la gestión del miedo infundido en los colegios, y más tarde en la sociedad cuando estos individuos crecen y se vuelven sujetos a derechos y obligaciones conforme lo estipulado por la ley.

Desde el aspecto de justicia social, el miedo nos hace flojos ante raciocinio, ¿por qué?, la estructura nos ha convertido en seres dependientes del condicionamiento y el actuar mediante un mecanismo castigo-recompensa; es decir, no rebasamos límites de velocidad porque eso conlleva a una penalidad económica y perdemos de vista lo primordial, nuestra seguridad y la de los demás actores que pueden verse afectados ante un incidente.

Bajo esta primicia, el miedo creado que se infunde a través de la autoridad, genera que nuestra consciencia siga dormida y que en lugar de analizar a fondo nuestras acciones y sus consecuencias desde un sentido deontológico, lo hacemos simplemente para ahorrarnos la sanción ó incluso y peor aún, surge la clásica ¨mordida¨.

Sería bueno revisar en nuestra vida cotidiana qué nos gustaría hacer realmente y no hacemos; qué te gustaría vivir y no vives; cómo te gustaría que fuera tu vida y no haces lo necesario para que suceda…
En que se basan tus miedos: ¿en tus creencias?; ¿en una experiencia pasada?; ¿qué pudieras hacer para que esa experiencia no te afectara más?

Todo esto implica un trabajo diario tanto personal –autoanálisis, catarsis y desprogramación-, de padres a hijos y viceversa, así como en nuestra actuación diaria en la sociedad para lograr mejorar esta gestión, y así aumentar nuestro nivel evolutivo en cuanto a inteligencia emocional.

Del mismo modo, este trabajo ayuda por su parte a la evolución de la sociedad en consciencia, a generar un país en el que la gente no haga o deje de hacer cosas por miedo, sino que actúe desde una consciencia desprogramada y formada en ética y valores.

 

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