La semana pasada escribíamos sobre el inmenso error y costo o impacto que tiene la irracional decisión de Trump de retirar a los EEUU del Acuerdo de Paris. El tema es tan importante que quedé instalado en una decena de lecturas que vale la pena compartir, para entender la dimensión y magnitud del problema del cambio climático.

 

Quien visite la página web de World Wide Fund for Nature, se encontrará con este titular: la biodiversidad se ha reducido 58% en 40 años. El dato, alarmante por sí mismo, forma parte de la más reciente edición del informe Planeta vivo 2016 que, cada dos años, esta oenegé actualiza sobre el estado de la biodiversidad en el mundo.

 

Entre las reflexiones que arroja esta lectura, me apresuro a consignar una de las de mayor calado: el mundo de hoy vive al límite. Esa vida al límite ocurre sobre una extraordinaria paradoja: nunca la humanidad había alcanzado tan grandes conocimientos sobre la importancia indiscutible de la biodiversidad, pero de forma simultánea, la velocidad con que desaparecen las especies, tampoco tiene antecedentes. De hecho, a menos que se produzca en lo inmediato un giro radical en nuestras conductas, hacia finales del 2020, apenas dentro de tres años, ese 58% podría aumentar a 67%. Nadie puede olvidar qué describe el concepto de extinción: la muerte del último ejemplar de una determinada especie sobre la tierra.

 

Cierto es que, como sostienen los especialistas, la extinción de las especies es un fenómeno propio de la naturaleza. Desde hace aproximadamente 450 millones de años, han ocurrido cinco procesos masivos de extinción, causados por complejos metabolismos y cambios ambientales. En cada una, han desaparecido entre 80 y 95% de las especies que existían en el momento. Lo que causa perplejidad es que procesos que ocurrían a lo largo de millones de años, se producen ahora a velocidad inusitada. La llamada sexta extinción está ocurriendo a velocidad inusitada.

 

Informes provenientes de distintos países e instituciones, permiten tener una visión amplia del fenómeno. Pondré algunos ejemplos. Un informe de la Universidad de Oregon, de 2016, sostiene que hay 301 especies de mamíferos en peligro, de un total de 1169 especies. Es decir, 26%. En esa cifra, 126 son primates de distinto tipo. Algunas de las especies son poco conocidas, pero otras son emblemáticas, como algunas águilas y tigres, así como el imponente rinoceronte de Java, a punto de desaparecer.

 

La Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza, en 2012, reportaba estas cifras: de 63 mil 837 especies estudiadas, 19 mil 817 estaban bajo estatuto de peligro de extinción. De ellas, 41% eran anfibios, 30% coníferas (no olvidemos que las plantas también forman parte de las especies en peligro), 25% mamíferos y 13% aves. Este amenazante panorama de hace cinco años, no ha dejado de empeorar.

 

Las razones que explican la extinción son múltiples. Algunas son propias de las especies, como ocurre en aquellas cuya población es reducida, o las que sufren mutaciones genéticas o las que deben luchar por sus alimentos en condiciones muy adversas. Pero en la mayoría de los casos se trata de secuelas de la acción humana: prácticas de sobrexplotación de los recursos naturales, degradación del hábitat, contaminación, rompimiento de la cadena alimenticia, introducción de especies predadoras, calentamiento global (justo el tema de mi artículo de la semana pasada). No deja de sorprender el impacto que tienen todavía, en pleno siglo XXI, la caza furtiva y el tráfico de especies protegidas. Una cifra resulta más que elocuente: son casi 7 mil las especies, que incluyen reptiles, loros, guacamayos, cacatúas y otras, las que son perseguidas y reducidas por los traficantes de especies. No solo se trafica con seres humanos sino también con animales.

 

¿Qué hacer ante un escenario tan adverso? Algunas iniciativas, como los programas por especie, de las que España es un modelo, pueden revertir la tendencia a la extinción. Un paciente trabajo de años ha permitido que la población del oso pardo en ese país, pase de 80 a casi 300 individuos. Lo mismo con el llamado lince ibérico: la que hace una década era una población de 100 ejemplares, hoy suman más de 300 y sigue en aumento.

 

Las oenegés expertas en este tema, propagan en cada oportunidad, algunas medidas que podrían contribuir a detener la tendencia al deterioro: Aumentar las penas y multas por caza furtiva y por tráfico de especies; Otorgar derecho de propiedad sobre las especies silvestres que benefician a las comunidades del lugar, para que ellas tengan autoridad para enfrentar a cazadores y traficantes; realizar campañas para reducir el consumo de alimentos que provienen de la caza; aumentar las protecciones y prohibiciones a través de instrumentos legales; etcétera.

 

Pero todas estas posibles medidas no son más que paliativos, comparadas con la problemática marco, que es la del calentamiento global. Lo que fue un debate por años, ha dejado de serlo: informes científicos señalan que hay especies que no tienen capacidad genética para adaptarse a los cambios climáticos extremos, por lo que están condenadas a desaparecer. Ante esta realidad, el lector puede asumirse como un simple espectador de tan lamentable fenómeno. O, en su escala y posibilidad, sumarse a la lucha en contra del calentamiento global. No debe olvidar nunca, que también el ser humano es una especie del reino animal. Y como han repetido numerosos científicos en los últimos años, es precisamente por eso que debe emplear toda su inteligencia y recursos en políticas que prevengan el calentamiento global o cambio climático que constituye una amenaza cierta contra nuestra propia existencia. Y el cumplimiento del Acuerdo de Paris es uno de los pasos que hay que dar en la dirección correcta.

 

 

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