Cuando un Estado que acepta ser parte de cualquier organismo internacional no lo hace con aras de perder soberanía, no lo hace para entregarse a otros intereses, sino con el afán de colaboración y ánimo de entrarle en temas comunes como es el de la democracia, derechos humanos, seguridad, entre otros. Así es como nació la Organización de Estados Americanos, bajo estos principales preceptos es como sus Estados miembros firman y con ello aceptan colaborar en conjunto para el bienestar de la región. No hay más.

 

Y no hay más porque cualquier postura que atente contra estos derechos bajo cualquier argumento va contra los principios más elementales de la condición humana. Es el caso de Venezuela. Y es el caso que estamos presenciando en el desarrollo de la reunión de la OEA en Cancún, Quintana Roo, donde no existe consenso sobre la postura que debe asumir el organismo respecto de la crisis humanitaria en Venezuela, donde un bloque de países le ha pedido al gobierno de Maduro elementales correcciones: cese a la violencia, excarelación de presos políticos, evitar juzgar a los detenidos en zonas no militares y la celebración de la Asamblea Constituyente.

 

Al momento de la presente opinión en la reunión de los ministros de relaciones exteriores no existía consenso para asumir una resolución y que de no hacerlo es probable que sea llevada a la Asamblea General de la OEA y ser votada.

 

Sin embargo, la canciller Venezolana ha dicho que su país no aceptará ninguna resolución que se tome por el organismo y con el amague de abandonar la OEA. Postura que no debe sorprender cuando un gobierno tiene una crisis humanitaria, cuando la gente busca comida en los basureros, cuando el saldo de la represión es de 74 muertos en 80 días, cuando lo que se privilegia es la idea de un mesiánico, cuando para el gobierno de Maduro vale más el argumento de que todo es culpa del imperialismo que la vida de uno de sus compatriotas.

 

Señalar que Venezuela pierde soberanía con la resolución de la OEA es un tema agotado, y lo está porque estamos ante el más elemental humanitarismo a favor de cualquier pueblo, donde se debe detener de una vez por todo el sufrimiento de esta nación hermana, porque no basta que un puñado de seguidores pro Chávez hagan ruido para hacernos creer que tienen la razón.

 

Por eso el gobierno de México asumió una postura a favor del dialogo ante el tema, apostándole al auxilio de un país hermano. Cierto, nosotros tenemos nuestros propios problemas y todo mundo opina sobre ellos y lo enfrentamos, pero lo que tampoco podemos pasar por alto es que los hermanos venezolanos sean sometidos por una caterva de fanáticos y esto se puedo comprobar con la respuesta que dio la embajadora de Venezuela en México, María Lourdes Urbaneja, cuando se le preguntó en el marco de la 47 Asamblea General de la OEA en Cancún, que cómo estaba, ella respondió “Chévere”, aun cuando llevan 74 muertos.

 

Dr. Luis David Fernández Araya

*El Autor es Economista y Doctor en Finanzas, Profesor Investigador de Varias Instituciones Públicas, Privadas y Funcionario Público.

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